Ya (no) me entiendes…

Así fue como sucedió todo. Las puertas metálicas se abrieron en la planta baja, como de costumbre, y yo entré en el ascensor con la esperanza de que subiera a la decimonovena de un tirón. El sensor, libre de obstáculos, empezó a plegar las alas cuando una pierna escurridiza se interpuso entre las chapas.

—¡Uy, justo a tiempo, Álex! Como el project manager vea que llego tarde a la morning meeting, me la lía parda. —Se acercó un paso hacia mí—. Y ya no te digo nada si no participo en el brainstorming.

«¿El proqué? ¿La morqué? ¿El brainqué? Madrecita…», pensé.

—Y que lo digas… —respondí.

Me limité a asentir hasta que el ascensor se detuvo en la cuarta. Allí se montaron dos compañeros con quienes suelo coincidir en la cafetería. Como no me apetecía hablar ni sacarme la asignatura de Meteorología en mis desplazamientos por el edificio, decidí poner la oreja.

—El otro día, el business assistant me explicó que tenía todo en el briefing que había dejado sobre la mesa y que bajo ningún concepto molestara al CEO para estas tonterías.

Su amigo tardó varios segundos en comprender lo que su compañero quiso decir.

—Ya, bueno, y eso que Raúl es majo, ¡pero cuando te dice algo en plan serio es peor que mi personal trainer!

—Lo peor de todo es que tengo al trainee ocupado pasando las facturas del último trimestre.

—Pobre Borja, es lo que tiene empezar a trabajar aquí.

A mí me dieron pena ambos, ¡no comprendí a qué se dedicaban los dos! Con lo que me gusta a mí estar informado…

En la planta octava está la cafetería, sinónimo de ‘parada obligatoria del ascensor’. Los tres se bajaron a por la primera o segunda dosis de cafeína y se montaron cuatro jefazos que hablaban y ocupaban lo mismo que siete.

—¡Bua, cuando vi la warm up lap sabía que esta vez iba a darlo todo! —gritó uno.

—Pero, vamos a ver, si ya con la pole position se veía venir. Carlos, que estás más ciego que un topo.

—Tampoco estaba tan claro, como llovió en plena carrera, había mucho grip y él iba con slicks, así que nada de meterte con el inútil este. Ya me entiendes…

—Ya te entiendo —dijo el primero entre carcajadas.

«Pues yo no te entiendo…», me dije a mí mismo.

—¡Fernando Alonso es el mejor y punto! Por cierto, ¿tienes listo el brunch para el networking? Creo que María no ha recibido el e-mail y ya sabes que a ella solo le gustan las cosas cool.

Gracias al bendito nombre entendí que hablaban de Fórmula 1 y sus dichosos extranjerismos innecesarios.

—¿Las cosas qué? —pregunté yo con un par de narices. Los tres se giraron—. Es que ya me he perdido —reconocí. Habíamos llegado a la decimonovena planta—. Bueno, da igual, ahora lo busco en Internet.

Ellos respiraron tranquilos al no tener que responderme y yo me desperté aliviado al darme cuenta de que se trataba de una pesadilla. Cuando miré la hora en el teléfono móvil, todavía quedaban dos minutos para que sonara la alarma, pero ya daba igual, me había despertado.

***

Los extranjerismos (y en especial los anglicismos) invaden nuestras conversaciones diarias. Estos préstamos lingüísticos que provienen de otros idiomas suelen utilizarse por distintas razones: aparente sonoridad, número de sílabas, matices, ámbito en el que se encuentran los hablantes… Es habitual abusar de estos en ámbitos especializados como negociaciones, deportes o investigaciones, entre otros.

Pero ¿dónde está el problema? Más allá de la pérdida y el desuso de los términos españoles que comparten el mismo significado (se estima que un hablante nativo de español utiliza una media de 300 palabras, frente a las, aproximadamente, 283 000 que tiene el español), la principal traba es que la comunicación sea deficiente, dado que es posible que el interlocutor no logre descodificar correctamente el mensaje al no comprender determinados aspectos del código común. Pero ¿qué pasa si no tenemos una alternativa en nuestro idioma? En este caso, no sería incorrecto utilizar el préstamo (¿cómo se escribe un extranjerismo?).

La lengua es un organismo vivo: necesita incorporar nuevos términos porque es necesario dar nombre a una realidad que no existe en el idioma, como puede suceder en el caso de alimentos que se han traído a países hispanohablantes o conceptos que no tienen un significante en español, y deshacerse de aquellos que no se utilizan. Los lexicógrafos analizan distintos aspectos (uso, pronunciación, escritura…) para otorgarle la marca de neologismo o extranjerismo (en otra ocasión hablaremos de esta labor tan interesante).

Tanto la Academia como la Fundéu recomiendan evitarse estos préstamos lingüísticos siempre y cuando contemos con una palabra o locución equivalente en nuestro idioma. Por ello, si nos vemos en la necesidad de utilizarlos en nuestro discurso, debemos cerciorarnos de que nuestro interlocutor comprenderá a qué nos referimos. En el caso de que tengamos que utilizarlo en un texto, lo recomendable es destacarlo en cursiva o entrecomillas.

Como curiosidad, comparto este vídeo organizado por la Real Academia Española y la Academia de la Publicidad. Disfrútalo.

La propiedad del español

«Y así, nació el español». Sería una bellísima forma de comenzar una novela o un ensayo en el que se explicaran los orígenes de esta lengua romance. Pero en esta primera entrada de Lingüista de guardia no pretendo explicar cómo, dónde y por qué surgió el español. Por cierto, ¿español o castellano?

El español es una lengua que, como consecuencia de su proceso de expansión histórica, se habla hoy en territorios geográficamente muy diversos: España, América Central, Meridional (excepto Brasil y las Guayanas) y algunas zonas de Norteamérica, entre otras. Podemos afirmar que los dos grandes bloques del español hoy en día los constituyen el español de España y el español de América.

No resulta extraño encontrar debates abiertos por cualquier red social sobre la supremacía del español que se habla y escribe en los distintos países hispanohablantes, sobre todo cuando uno busca una serie de televisión, película o cualquier material que pueda pasar un proceso de adaptación a la cultura de un país o una región (conocido como localización).

En estas reyertas, lo habitual es que la gente de los dos principales bloques comience a discutir y, de esta forma, empiecen a llenarse de opiniones extremas las líneas cronológicas de Twitter, de YouTube o de cualquier foro moribundo. Por eso, y para intentar esclarecer este asunto, podemos preguntarnos ¿cuál es el español correcto, el de España o el del otro lado del charco?

Para dar respuesta a esta pregunta, los de letras recurrimos a los números. El Instituto Cervantes ha publicado recientemente su informe anual, el cual nos da unas cifras muy interesantes sobre este asunto. A día de hoy somos, aproximadamente, más de 472 millones de personas las que tenemos el español como lengua nativa (incluyendo a aquellos países donde el español no es la lengua oficial). ¿Cómo estamos repartidos? Estas tablas que se corresponden con la población de los países hispanohablantes nos dará la respuesta.

Población de los países hispanohablantes 1 Población de los países hispanohablantes 1

Si tuviéramos que dividir los dos grandes bloques, el resultado sería el siguiente:

  • Bloque de España: 46 600 138 hablantes.
  • Bloque de Hispanoamérica: 400 734 877 hablantes.

¿Cómo se te queda el cuerpo?

Sin duda, estos números nos ayudan a tener una visión global del español y a comprender que todas las variantes de este son igual de válidas. Por eso, querido lector, espero que esta primera entrada de Lingüista de guardia te haya ayudado a ampliar tu visión de este bello idioma.

Como curiosidad, me gustaría dejarte un entretenido vídeo (o video) sobre lo difícil que es hablar el español. Disfrútalo.